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Los cuentos de Hoffmann en el Teatro Colón

 

Las voces frente al exceso de fantasía

 

Teatro Colón

Viernes 16 de octubre de 2026

 

Escribe: Víctor Fernández

 

 

 

La reposición de la producción de Eugenio Zanetti, estrenada en 2019, reunió dos repartos de características diferentes bajo la dirección musical de Carlo Montanaro. Las funciones del 9 y del 14 de octubre ofrecieron actuaciones vocales destacadas, aunque la riqueza visual de la puesta no siempre favoreció la claridad dramática ni las condiciones acústicas del escenario.

 

La reposición de Les contes d'Hoffmann (Los cuentos de Hoffmann), de Jacques Offenbach, devolvió al escenario del Teatro Colón la producción concebida por Eugenio Zanetti en 2019. Su regreso había sido programado desde el año anterior y, por lo tanto, no fue pensado originalmente como un homenaje póstumo. El fallecimiento del artista durante los ensayos modificó inevitablemente el significado de estas representaciones, que finalmente fueron dedicadas a su memoria.

 

La obra, estrenada póstumamente en la Opéra-Comique de París en 1881, plantea desafíos singulares. La sucesión de episodios fantásticos, los cambios de clima musical y la variedad de personajes exigen una cuidadosa articulación entre el escenario y el foso, además de intérpretes capaces de desenvolverse en registros expresivos muy diferentes.

 

El fantasma de El Aleph

La puesta de Zanetti despliega un universo de imágenes de considerable elaboración técnica. Escenografías, vestuarios, proyecciones y numerosos elementos decorativos construyen ambientes destinados a acompañar las aventuras sentimentales del protagonista. La calidad de realización resulta evidente, aunque la abundancia de recursos no siempre se traduce en elegancia ni en eficacia teatral.

 

Por momentos, la escena parece empeñada en mostrarlo todo al mismo tiempo. La acumulación de objetos, figuras y estímulos visuales trae a la memoria El Aleph, de Jorge Luis Borges, aquel punto donde es posible contemplar simultáneamente todos los lugares del universo.

 

La asociación adquiere un matiz particular en el Teatro Colón. De no tratarse de una producción concebida por Eugenio Zanetti en 2019, podría pensarse que, después de las representaciones de Principio de éxtasis, obra del Ballet Estable inspirada en El Aleph, de Jorge Luis Borges, algún fantasma de aquel universo borgiano hubiera permanecido en la sala y decidido instalarse también en esta puesta de Offenbach. La multiplicación de imágenes y movimientos parece responder al mismo impulso de ocupar cada rincón del escenario, como si ningún espacio pudiera permanecer vacío. Un verdadero horror vacui domina por momentos la concepción escénica.

 

La imagen resulta sugerente, pero su traducción escénica tiene consecuencias. En varios momentos, el exceso de elementos distrae de la acción dramática y obliga al espectador a repartir su atención entre demasiados estímulos. La riqueza material de la producción termina compitiendo con aquello que debería acompañar: los personajes y la música.

La coreografía de Irene Martens constituye otro aspecto poco afortunado de la propuesta. Sus intervenciones no siempre encuentran una justificación dramática convincente y, en ocasiones, añaden movimiento a una escena que ya se encuentra suficientemente recargada.

 

En cambio, merece destacarse la iluminación de Eli Sirlin, cuyo trabajo contribuye a organizar visualmente los espacios y a definir las distintas atmósferas. Su intervención resulta especialmente valiosa en una escenografía de semejante complejidad, al establecer contrastes y jerarquías dentro de un dispositivo que tiende a la saturación.

 

La dirección musical y las condiciones acústicas

Al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón, Carlo Montanaro consiguió un buen equilibrio entre el foso y el escenario. Su dirección permitió apreciar los contrastes de la partitura de Offenbach, desde los pasajes de ligereza y humor hasta los episodios de mayor intensidad dramática.

 

Las dificultades ocasionales para escuchar algunas voces no deben atribuirse necesariamente a la conducción musical. La configuración abierta de la puesta y la ausencia de elementos refractantes que puedan funcionar como una cámara acústica adecuada condicionan la proyección sonora, especialmente cuando los intérpretes se desplazan hacia determinados sectores del escenario.

 

Esta circunstancia resulta particularmente significativa en una ópera de semejantes exigencias vocales. La disposición escénica puede favorecer el impacto visual, pero no siempre ofrece a los cantantes las mejores condiciones para proyectar sus voces hacia la sala.

 

El Coro Estable del Teatro Colón, preparado por Miguel Fabián Martínez, participó en una obra que requiere precisión musical y capacidad para integrarse en una acción teatral de numerosos personajes y constantes transformaciones.

 

La función del 9 de octubre

Jean-François Borras asumió el papel de Hoffmann con una interpretación distinguida por la elegancia del fraseo, la sensibilidad musical y una dicción francesa impecable. Estas virtudes, que revelan un conocimiento profundo del estilo, se vieron parcialmente empañadas por ciertas dificultades en el registro agudo, donde la emisión perdió naturalidad y algunos sonidos parecieron alcanzados mediante un esfuerzo excesivo.

 

La observación adquiere especial importancia en un personaje de tanta exigencia, que debe sostener buena parte del desarrollo musical y dramático de la ópera. Borras ofreció una lectura de indudable refinamiento, aunque no siempre logró resolver con igual soltura los momentos de mayor compromiso vocal.

 

Entre las protagonistas femeninas sobresalió especialmente Jaquelina Livieri, responsable de Antonia y Stella. Su actuación constituyó uno de los puntos más logrados de la representación, tanto por la calidad vocal como por la intensidad expresiva de su interpretación.

 

Mar Morán encarnó a Olympia, personaje que exige una combinación de virtuosismo, agilidad y precisión escénica. Marina Costa-Jackson, por su parte, asumió el papel de Giulietta y mostró las cualidades de una cantante de indudable nivel, aunque su interpretación presentó un vibrato por momentos excesivo y cierta pérdida de presencia vocal en los concertantes. Estas observaciones no desmerecen sus condiciones artísticas, pero señalan algunos límites de su desempeño en esta función.

 

Annalisa Stroppa interpretó a Nicklausse y la Musa, personajes fundamentales para la continuidad dramática de la obra, mientras que Dmitry Ulyanov asumió los cuatro antagonistas —Lindorf, Coppélius, Miracle y Dapertutto—, distintas manifestaciones de las fuerzas que se oponen al protagonista.

 

Entre los papeles de carácter sobresalió Santiago Martínez, responsable de Andrés, Cochenille, Frantz y Pittichinaccio. Su desempeño aportó relieve a intervenciones que requieren una especial combinación de recursos vocales y teatrales.

 

También merece una valoración favorable Carlos Ullán, quien interpretó a Spalanzani, el padre de Olympia, y contribuyó al desarrollo de uno de los episodios más característicos de la ópera.

 

La función del 14 de octubre: el protagonismo de Nahuel Di Pierro

La representación del 14 de octubre permitió escuchar un elenco alternativo encabezado por Leonardo Caimi en el papel de Hoffmann y Nahuel Di Pierro en los cuatro personajes antagonistas.

 

Nahuel Di Pierro fue, sin duda, el gran protagonista de la función. Su interpretación se destacó por la autoridad vocal y la presencia dramática, cualidades que dieron particular relieve a las distintas encarnaciones del mal que persigue al poeta. Su desempeño constituyó el punto más alto de la representación.

 

El trabajo de Leonardo Caimi, en cambio, quedó por debajo de lo esperable para un cantante de su trayectoria. Su actuación no alcanzó el nivel que cabía esperar en un papel de tanta importancia dentro de la obra, especialmente por la necesidad de sostener una presencia vocal y dramática continua a lo largo de los diferentes episodios.

 

Entre las protagonistas femeninas se destacó Laura Pisani, quien asumió los papeles de Antonia y Stella. Su interpretación se contó entre los aciertos de la función.

 

Constanza Díaz Falú, como Olympia, y Mariana Carnovali, como Giulietta, realizaron asimismo trabajos merecedores de elogio. Ambas contribuyeron favorablemente al resultado musical de sus respectivos episodios, dentro de un reparto que reunió varias actuaciones de interés.

 

También fue destacable la participación de Daniela Prado, encargada de los personajes de Nicklausse y la Musa, cuya presencia resulta esencial para articular las distintas historias que componen la ópera.

 

En los papeles de carácter, Pablo Urban resolvió satisfactoriamente las intervenciones de Andrés, Cochenille, Frantz y Pittichinaccio, aportando eficacia a personajes que, aunque secundarios en extensión, tienen una importancia considerable en el funcionamiento teatral de la obra.

 

Merece un reconocimiento particular Reinaldo Samaniego, quien interpretó a Spalanzani. Su trabajo como el padre de Olympia fue otro de los aciertos del elenco alternativo y contribuyó a dar relieve a un personaje que requiere desenvoltura escénica y sentido del humor.

 

También sobresalió Sebastián Angulegui, responsable de Crespel, el padre de Antonia, cuya participación se contó entre las actuaciones favorables de la función.

 

Dos repartos, diferentes resultados

La posibilidad de asistir a dos representaciones con distribuciones artísticas diferentes permitió apreciar hasta qué punto una misma producción puede adquirir características distintas según sus intérpretes.

 

En la función del 9 de octubre, Jean-François Borras ofreció una interpretación de refinamiento estilístico, aunque con dificultades en el registro agudo. La actuación de Jaquelina Livieri se contó entre los aspectos más destacados, junto con el trabajo de Santiago Martínez y las contribuciones de los restantes integrantes del elenco.

 

El 14 de octubre, Nahuel Di Pierro concentró buena parte del interés musical y dramático. Su desempeño sobresalió dentro de un conjunto que también ofreció interpretaciones favorables de Laura Pisani, Constanza Díaz Falú, Mariana Carnovali, Daniela Prado, Pablo Urban, Reinaldo Samaniego y Sebastián Angulegui.

 

Las diferencias entre ambos repartos resultaron especialmente perceptibles en el personaje central. Mientras Borras exhibió cualidades de estilo y musicalidad que compensaron parcialmente sus dificultades vocales, Caimi no alcanzó en la segunda función el nivel esperable de acuerdo con su trayectoria.

 

La concepción escénica de Zanetti mantuvo sus virtudes y limitaciones en ambas representaciones. Su riqueza visual y la complejidad de la realización conviven con una tendencia a la acumulación que no siempre favorece la claridad dramática. La iluminación de Eli Sirlin contribuye positivamente a ordenar ese universo, mientras que la coreografía resulta menos convincente.

 

En el plano musical, la dirección de Carlo Montanaro sostuvo un equilibrio satisfactorio entre la orquesta y los cantantes, dentro de las limitaciones acústicas impuestas por el dispositivo escénico.

 

La reposición de Los cuentos de Hoffmann dejó así una impresión de contrastes: una producción de gran envergadura técnica, discutible en algunas de sus elecciones estéticas, y dos elencos que ofrecieron momentos de indudable interés musical, con Jaquelina Livieri y Nahuel Di Pierro entre sus figuras más destacadas.

 

Víctor Fernández

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