ORQUESTA FILARMÓNICA DE BUENOS AIRES
Una noche deslumbrante
Teatro Colón
Sábado 13 de junio de 2026
Escribe: Alejandro A. Domínguez Benavides
Robert Schumann: Concierto para piano y orquesta en la menor, op. 54
Richard Wagner: Obertura de Die Meistersinger von Nürnberg, Obertura y
Bacanal de Tannhäuser y Preludios de los actos 1 y 3 de Lohengrin
Orquesta Filármonica de Buenos Aires
Director: Marc Albrecht
Solista, piano: Nelson Goerner
La presencia de Nelson Goerner presagia lo mejor para el concierto, y si a ello se suma un director de la talla y amplia experiencia como Marc Albrecht—reconocido internacionalmente por su habilidad para extraer lo mejor de cada orquesta y su interpretación profunda de las partituras—la velada musical promete ser verdaderamente inolvidable.
Y así fue, el romanticismo se manifestó plenamente en la interpretación realizada por los integrantes de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, gracias a la conjunción entre el solista y el director, que lograron una explosión de expresiones musicales evidenciada en los matices dinámicos y la pasión transmitida durante cada obra.
El concierto para piano romántico por excelencia
El Concierto para piano Op. 54, incorpora un componente psicológico característico del compositor, vinculado a la interacción entre los aspectos opuestos de su personalidad. Este rasgo, observable desde Papillons Op. 2, se manifiesta en las figuras de “Florestan”, símbolo del carácter extrovertido y audaz, y “Eusebius”, representación del temperamento reservado y reflexivo.
En su interpretación, Goerner transmitió de manera muy eficaz la relación entre los dos personajes opuestos. Los acordes descendentes iniciales en el piano evidencian la presencia apasionada de Florestán, que pronto cede ante la entrada delicada y melancólica de Eusebio. Se destaca, especialmente, la expresividad de Goerner en las apariciones de Eusebio, como en la sección onírica en La bemol mayor del centro del movimiento, que resulta particularmente conmovedora. Asimismo, en cuanto a Florestán, en ciertos pasajes la interpretación dotó del vigor necesario, sobre todo por sortear la tendencia a mantener un tempo algo contenido y dinámicas moderadas.
El fraseo incisivo permitió destacar el carácter audaz y apasionado de Florestán, generando un contraste dramático genuino que impulsa el desarrollo del movimiento. La diferenciación dinámica y la articulación precisa en estos pasajes añadieron fuerza y tensión, intensificando el conflicto entre las distintas fuerzas musicales. No obstante, el equilibrio logrado por Goerner en su interpretación contribuyó a enriquecer la perspectiva expresiva presentada durante el concierto. Lo mismo ocurrió con el alegre movimiento final, que es encantador, Goerner un poco más de la vivacidad de Florestan, si no de su impetuosidad. sus notas parecen tener un toque más enérgico y una presencia rítmica más vibrante, lo que le confiere al movimiento un brillo y una vitalidad especiales.
En el alegre movimiento final, que resulta encantador, Goerner aportó una vivacidad superior a la de Florestan, reflejada en el carácter enérgico y la vibrante presencia rítmica de sus notas, dotando al movimiento de un brillo y vitalidad únicos.
La Orquestra Filármonica de Buenos Aires ofreció una interpretación sólida que estuvo a la altura de la musicalidad general del solista. En todo momento se apreció su fuerza como orquesta completa, pero también hay bellos momentos de texturas propias de la música de cámara, como la excelente interpretación del conjunto de viento en el primer movimiento. La labor del maestro Albrecht sin estridenciás ni mohines exacerbados logró un efectivo protagonismo dejandro en claro la calidad de la orquesta en todo momento.
Sólida ejecución de las obras de Wagner
El brillante y agradable Preludio a Die Meistersinger se distingue por su autonomía musical, ya que introduce los temas principales de la ópera de manera independiente, permitiendo que cada obertura de Wagner funcione como una pieza de concierto completa y autosuficiente. Esta característica es típica de Wagner, quien logra que sus preludios sean disfrutados fuera del contexto operístico. El preludio presenta el motivo de los maestros cantores, que adquiere gran relevancia a lo largo de la ópera, y también el tema del arte y la tradición, que se desarrolla posteriormente en los actos. Como tema de apertura, no podría ser más prometedor, y el resto del programa no defraudó
La Obertura de Tannhäuser, una de las piezas más famosas de Wagner, suele ser interpretada con un enfoque solemne y oscuro, pero Albrech optó por un inicio de buen ritmo, evitando la tradicional oscuridad gótica y los tempos excesivamente lentos que a menudo se confunden con "grandeza" en esta música. Este ritmo ágil permitió que los temas se desarrollaran con claridad, resaltando la tensión entre los motivos religiosos y profanos que caracterizan la obra y haciendo más accesible su riqueza expresiva para quienes no están familiarizados con ella. Cuando los trombones irrumpieron con la melodía, lo hicieron con verdadera nobleza, sin forzar el sonido, lo que aportó una sensación de dignidad y equilibrio. El clímax central, lejos de sonar caricaturesco, fue sensual y envolvente, culminando en un final frenético y satisfactorio que intensificó la experiencia auditiva y subrayó el dramatismo inherente a la partitura.
El Preludio del Acto I de Lohengrin representa un momento de inflexión en la historia de la ópera, marcando el inicio de una nueva era musical en el siglo XIX. Wagner, visionario y renovador, introduce aquí el leitmotiv, una técnica que revolucionaría la narrativa operística: el motivo musical asociado al Santo Grial, descendiendo a la Tierra bajo la protección de una hueste celestial, se convierte en hilo conductor del drama y antecedente fundamental de esta herramienta compositiva..
El cuarteto de apertura, formado por cuatro violines solistas, se elevó en armonías cristalinas sobre el lecho de cuerda, evocando la luz celestial filtrada entre nubes etéreas. Las notas se entrelazaron como hilos dorados, generando una atmósfera que brilla y palpita, mientras la melodía asciende lentamente, como el vuelo de un ángel, transmitiendo una paleta de colores sonoros que sugieren el misterio y la espiritualidad del Grial.
Conforme la música avanza, la orquesta se transforma en un organismo vivo: las cuerdas graves —violonchelos y contrabajos— añadieron profundidad y resonancia, como raíces que sostienen el bosque sonoro. Pronto, los instrumentos de viento madera (flautas, oboes, clarinetes y fagotes) emergieron con matices suaves, aportando frescura y claridad al ambiente musical, mientras los metales (trompas y trombones) irrumpen con nobleza, expandiendo el espacio auditivo y reforzando la solemnidad del motivo. Cada instrumento contribuye al crescendo, hasta que la sala se llena de un resplandor vibrante, llevando al oyente a una experiencia sensorial que mezcla la quietud mística con el éxtasis luminoso.
En contraste el preludio,que puso fin al concierto, refleja la esperanza y la alegría de los protagonistas antes de que la tragedia se desate en el acto siguiente. En este breve y brillante preludio no hay un resumen del Acto III, ni siquiera un atisbo de desastre y tragedia inminentes, sino simplemente un alegre preludio a la procesión que acompaña a Lohengrin y Elsa a la cámara nupcial. Comienza con un ímpetu inmenso; la música asciende con fuerza, vacilando un instante en un acento cruzado, para luego, tras un estallido de platillos, deslizarse hacia un ritmo más regular. La melodía en el bajo que sigue y las notas más suaves de la parte central son familiares para todos hoy en día; de hecho, tan familiares que es probable que pasemos por alto la intensa originalidad de la obra.
Fue una noche musicalmente deslumbrante. Quedó de manifiesto que la solidez técnica del solista y la interpretación expresiva del notable director lograron que la orquesta Filarmónica ofreciera un esplendor sonoro y una cohesión interpretativa al que nos tenía acostumbrado.
CALIFICACIÓN: EXCELENTE

