Maxim Vengerov y Polina Osetinskaya ofrecieron un rico y profundo claroscuro musical
Teatro Colón
Lunes 18 de mayo
Escribe: Alejandro Domínguez Benavides
Franz Schubert: Sonata para violín y piano en sol menor, D. 408
Dmitri Shostakovich: Sonata para violín y piano, Op. 134
Johannes Brahms: Sonata para violín y piano n.º 3 en re menor, Op. 108
CALIFICACIÓN: Muy Bueno
El primer concierto del Ciclo Aura, ofreció una colaboración perfectamente equilibrada entre dos artistas de renombre internacional y antiguos niños prodigio: el violinista israelí de origen soviético Maxim Vengerov, y la pianista rusa Polina Osetinskaya. La comunión entre ambos músicos se sintió en cada momento del concierto; su complicidad y entrega generaron un ambiente de emoción palpable y mutua admiración sobre el escenario, ante un público que aplaudió desmesuradamente antes de escuchar el primer compás.
El programa mostró un contraste rico y profundo. A través de estas piezas, los intérpretes navegaron desde la delicadeza lírica y la estructura clásica de Schubert pasando por la intensidad austera y el dramatismo de Shostakovich, hasta el lirismo romántico y la expresividad de Brahms. Esta selección permitió explorar la versatilidad y el universo sensible de ambos artistas, quienes supieron resaltar cada matiz y emoción, aportando una experiencia musical integral. Cabe recordar que repitieron el mismo programa que ofrecieron en Londres a comienzos de este año, incluso con los mismos bises.
El legado de Haydn y Mozart
La interpretación de la Sonatina para violín en sol menor de Schubert, escrita en 1819 cuando el compositor tenía apenas 19 años, estuvo marcada por una atmósfera de serenidad, sin rastros de tristeza ni ansiedad. Esta pieza, concebida para encuentros íntimos entre amigos, destaca por una estructura clásica clara y una sencillez aparente. El legado de Haydn y Mozart es notorio: Schubert recoge la elegancia formal de Haydn y la fluidez melódica de Mozart, logrando en esta obra un equilibrio entre tradición y frescura juvenil. Esta herencia se percibe en los pasajes en los que los motivos musicales parecen dialogar con los estilos de estos maestros, reflejando el profundo respeto de Schubert por ellos y su búsqueda de autenticidad en la música de cámara.
Maxim Vengerov, evitando todo gesto físico superfluo, extrajo de su famoso Stradivarius «ex-Kreutzer» de 1727 un tono profundo y brillante. Su articulación fue nítida y el dominio del arco resultó deslumbrante. Cada nota resonó con claridad y presencia. En tanto Polina Osetinskaya, majestuosa y elegantemente vestida de negro, movía las manos sobre el teclado con la gracia y estilo impecable. Su sensibilidad concentrada daba forma a cada sonido, acariciando las teclas y creando una atmósfera de calidez y refinamiento.
Infundieron al Allegro giusto inicial una vivacidad juvenil, pero nunca ocultaron las tensiones latentes que se percibían bajo las notas. Posteriormente, el segundo movimiento, Andante, se caracterizó por matices sutiles y una suave reflexión. A continuación, un Minueto vibrante palpitó con energía, dando paso a un final melancólico y melódico, que culminó en una celebración sonora llena de vitalidad y entusiasmo. .
Clima de desolación
Los límites clásicos que delineaban la obra musical temprana de Schubert —impregnada de orden y razón— dieron paso al paisaje sonoro marcadamente distópico de mediados del siglo XX habitado por Shostakovich. Mientras Schubert componía en un periodo marcado por el Romanticismo temprano, Shostakovich escribió su sonata-en otoño de 1968 dedicada al violinista David Oistrakh- en plena guerra fría bajo el totalitarismo del comunismo soviético, refleja las tensiones políticas y personales de su tiempo; la obra alterna entre el desafío y la desesperación.
En el Andante inicial emplea técnicas dodecafónicas —que utilizan una serie de doce notas sin privilegiar ninguna tonalidad— y evoca el contrapunto característico de Bach, fusionando la estructura rigurosa del barroco con la modernidad expresiva del siglo XX. La introducción etérea del piano y los ecos de campanas fúnebres crean una atmósfera de soledad, como si se tratara de un paseo por un paisaje desolado.
En cuanto a la interpretación, el dúo logró transmitir de manera intensa y austera esa sensación de aislamiento, destacando brillantemente los estridentes momentos de triunfo que alternaron en el Allegretto, con pasajes que parecían temblar al borde del colapso. En el Largo final y sombrío, aportaron un virtuosismo emocionante y una fuerza bruta a la explosiva passacaglia, similar a una cadencia.
Tras esta tumultuosa lucha emocional, las notas finales de la sonata fueron casi un susurro, evocando el sonido de hojas muertas flotando sobre un páramo desolado; un mundo aparte en ambiente y textura de la obra que ocupaba la segunda mitad del programa publicado: la dulce y otoñal Sonata para violín n.º 3 en re menor de Brahms.
Un punto culminante del Romanticismo tardío alemán
La Sonata para violín n.º 3 en re menor op. 108 de Johannes Brahms, compuesta en 1888, representa el punto culminante del Romanticismo tardío alemán. Brahms, heredero de la tradición de Beethoven y Schumann, supo conjugar en esta obra la profundidad emocional y la sofisticación estructural, marcando una transición hacia una expresividad más compleja y moderna.
El concierto ofrecido por Maxim Vengerov y Polina Osetinskaya se destacó por un abordaje técnico y artístico de notable madurez: el Allegro inicial brilló con una intensidad arrolladora, donde el fraseo del violín, especialmente en los pasajes staccato, fue preciso y enérgico, mientras el piano aportó claridad y equilibrio, sosteniendo el discurso musical con elegancia. En el Adagio se percibió una interacción casi telepática entre ambos músicos; la comunicación visual y la respiración conjunta permitieron que el violín desplegara un canto de gran lirismo, evocando la voz humana, acompañado por un piano de matices delicados y sutiles. El tercer movimiento, Un poco presto e con sentimento, se resolvió con una ligereza y precisión milimétrica, donde los contrastes dinámicos y el control del rubato evidenciaron la maestría interpretativa. El Presto final, de carácter incendiario, fue un despliegue de virtuosismo: Vengerov mostró un dominio absoluto del arco y la articulación, mientras Osetinskaya acompañaba cada cambio de ritmo y matiz con impecable sincronía, subrayando la perfecta fusión de talentos y la sintonía de sus enfoques musicales.
La sección de bises fue un recorrido por distintos estilos y épocas. La Danza Húngara n.º 17 en fa mayor de Brahms, interpretada con una articulación vibrante y acentos bien definidos, resaltando el carácter festivo de la obra. De inmediato, la Melodía op. 42 n.º 3 de Tchaikovski, una joya del Romanticismo ruso, donde el dúo supo equilibrar emoción y control técnico, ofreciendo matices dinámicos y un fraseo refinado. La vivaz Marcha de la ópera El amor por las tres naranjas de Sergei Prokofiev, se ejecutó con ritmo preciso y energía contagiosa, destacando la claridad del piano y la destreza del violín. La velada concluyó con una interpretación de la Marche miniature viennoise de Fritz Kreisler —violinista y compositor fundamental en la expansión del repertorio virtuoso del siglo XX— se presentó con elegancia y un fraseo juguetón, evidenciando la capacidad de Vengerov para alternar entre estilos con naturalidad.
La interacción constante entre Vengerov y Osetinskaya, la atención al detalle y el respeto por el carácter de cada obra, evidenciaron un profundo conocimiento del repertorio y una entrega apasionada, sin caer en excesos expresivos. Así, el concierto no solo celebró la riqueza histórica de los compositores, sino que también ofreció una interpretación ejemplar, digna de los aficionados más exigentes de la música clásica.

