ASTOR PIAZZOLLA ETERNO, un viaje escénico
Teatro Colón
Viernes 30 de enero de 2026
Escribe: Matin Wullich
Imágenes de gran belleza y un sólido octeto construyen un sugerente retrato del gran renovador del tango.
En la Argentina muchas cosas cambian. El tango, no. Sobre esa idea se apoya la propuesta de Emiliano Dionisi, quien aborda la figura de Astor Piazzolla desde una mirada escénica ambiciosa, de gran despliegue visual y con un concepto dramatúrgico que busca traducir en imágenes el pulso inquieto del músico que transformó para siempre el género, enfrentando resistencias y defendiendo con obstinación su lenguaje.
Astor Piazzolla Eterno no plantea un relato lineal tradicional, sino un recorrido sensorial y biográfico en el que la música, la palabra, la danza y las proyecciones dialogan de modo constante. Desde la obertura —con un entramado de las principales composiciones del autor— el espectáculo se presenta como una experiencia envolvente que expande los límites del concierto convencional hacia un lenguaje marcadamente teatral.
Uno de los grandes aciertos es la concepción visual. La iluminación resulta estupenda y potencia una escenografía corpórea sencilla pero plenamente funcional, que se integra con naturalidad a un sistema de proyecciones de gran belleza. El perfil de Nueva York aparece como imagen recurrente, mutando en carteles, fotografías y figuras que remiten a distintas etapas de la vida del compositor. Más adelante, las cúpulas de Buenos Aires, una embarcación que atraviesa la bruma del río y árboles que se desdibujan cromáticamente durante Balada para un loco construyen cuadros de notable poesía visual. Hay momentos de auténtico impacto plástico, aunque en algunos pasajes —como el de las hojas de papel lanzadas al aire— la acción real y su proyección no siempre coinciden con la precisión necesaria para que el efecto resulte plenamente logrado. Algo similar ocurre con ciertos movimientos coreográficos que podrían afinar su sincronía con la imagen.
Dionisi propone que cada intérprete asuma, por momentos, la personificación del propio Piazzolla. Cuerpo, voz y presencia se alternan en el elenco hasta que, en ciertos tramos, todos parecen ser Astor. A través de monólogos fragmentados se recorren datos biográficos, desde la infancia y la influencia de Nueva York hasta el decisivo encuentro con Nadia Boulanger, punto de inflexión en su camino creativo. La información es rica y sustanciosa, pero en un comienzo el dispositivo puede resultar confuso: las voces se superponen y el espectador tarda un poco en decodificar la convención. Una vez asimilada la idea, el mecanismo fluye con mayor claridad, aunque la actuación tiende a sostenerse en un registro algo elevado.
Musicalmente, el espectáculo cuenta con un sólido ensamble de ocho músicos que constituye uno de sus mayores valores. El octeto es dirigido desde el piano por Nicolás Guerschberg, con conocimiento profundo del lenguaje piazzolliano. Los arreglos lucen especialmente en los momentos instrumentales, donde se disfrutan con claridad los pasajes solistas, en particular los de Alejandro Guerschberg, cuyo bandoneón aporta con nitidez el carácter estilístico del compositor, y el de Serdar Geldymuradov, responsable de un solo de violín de gran musicalidad y vuelo expresivo. Hay logros contundentes en Yo soy María, Los pájaros perdidos, Moriré en Buenos Aires y, de manera especialmente emotiva, en Adiós Nonino, donde la música alcanza la densidad afectiva que la figura homenajeada merece. También se suman intervenciones coreográficas que aportan dinamismo al conjunto y refuerzan la integración de lenguajes que propone la puesta.
Sin embargo, el aspecto sonoro no siempre acompaña ese nivel. Se perciben desfasajes, diferencias de volumen y cierta distorsión que afectan el balance general, en especial en los pasajes corales. Resulta inevitable pensar que un conjunto de estas características puede sonar de manera espléndida en una sala como la del Teatro Colón sin necesidad de una amplificación tan invasiva. Una sonorización más sutil y pareja permitiría apreciar mejor los matices del ensamble y de las voces.
El espectáculo también se detiene largamente en la figura de Gardel. Sus tangos ocupan un tramo significativo de la función como marco para relatar episodios de su vínculo con Piazzolla, incluida la célebre frase que sugiere que, de haber seguido otro camino, “en vez del bandoneón, estaría tocando el arpa”. Dramáticamente, la digresión aporta contexto histórico, aunque musicalmente no todos los momentos alcanzan el mismo atractivo: hay desajustes de afinación y algunos arreglos resultan menos seductores que el resto del material.
Desde su estructura, la obra tiene algo de base de teatro musical, aunque la trasciende por su concepción estética y su ambición visual. El inicio y el cierre dialogan con un gesto simbólico: el bandoneón respira sin emitir notas, como si el aire contuviera toda la historia del instrumento en manos del músico. Hacia el final, Renaceré funciona como declaración de continuidad, mientras la imagen del propio Piazzolla aparece proyectada, recordando al centro ausente que da razón de ser al homenaje.
Astor Piazzolla Eterno es, en suma, un espectáculo llamativo y efectista desde su concepción visual, con momentos musicales de alto vuelo y una intención clara de acercar al gran público la complejidad de un artista que no se agota en una sola escucha. Aun con aspectos técnicos perfectibles —y con una emoción que por momentos podría profundizarse— el homenaje consigue reinstalar la pregunta esencial: cómo se honra a quien cambió definitivamente el sonido de Buenos Aires.
Martin Wullich
Martes a sábados a las 19 y a las 21.30
Domingos a las 18 y a las 20.30
(hasta el 15 de febrero de 2026)
Teatro Colón
Libertad 621 – CABA
(011) 4378-7100
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Martin Wullich
Locutor Nacional CLN2939
Periodista Profesional
www.martinwullich.com/locutor





